Soledad emocional en personas mayores: 5 mitos
Soledad emocional en personas mayores: 5 mitos
La compañía, ¿siempre evita la soledad?
Hay una idea que solemos dar por cierta.
Pensamos que una persona mayor que vive acompañada, recibe visitas con frecuencia o habla todos los días con sus hijos difícilmente puede sentirse sola. Y, sin embargo, quienes trabajamos acompañando a personas mayores descubrimos muy pronto que la realidad es bastante más compleja.
Porque la soledad no siempre nace de la ausencia de personas. A veces aparece cuando uno deja de sentirse parte de lo que ocurre a su alrededor.
Cuando las conversaciones se vuelven cada vez más breves. Cuando nadie pregunta su opinión porque «ya decidimos nosotros». O cuando, con la mejor intención, hablamos tanto de su salud que dejamos de hablar de ella.
La Organización Mundial de la Salud recuerda que la soledad y el aislamiento social no son lo mismo. Una persona puede estar rodeada de gente y seguir sintiendo que le falta algo tan importante como sentirse escuchada, comprendida o tenida en cuenta.
Quizá por eso merece la pena detenernos en algunas creencias que todos hemos escuchado alguna vez.
Si una persona mayor vive con su familia, no puede sentirse sola
FALSO.
Compartir una casa no garantiza compartir la vida.
Hay personas que desayunan, comen y cenan acompañadas, pero hace tiempo que dejaron de participar en las conversaciones o en las pequeñas decisiones del día a día.
No ocurre porque la familia quiera apartarlas. Casi siempre sucede sin darnos cuenta. El ritmo de la vida cambia, aparecen las prisas y, poco a poco, dejamos de preguntar cosas que antes surgían de forma natural.
¿Cómo lo ves?
¿Qué te apetece?
¿Qué harías tú?
A veces basta con recuperar esas preguntas para que alguien vuelva a sentir que sigue teniendo un lugar.
Sentirse escuchado ayuda a combatir la soledad
VERDADERO.
Seguro que más de una vez has pensado: «Esta historia ya me la ha contado.»
Es posible. Pero quizá ese día no necesitaba volver a recordar la historia. Quizá necesitaba comprobar que todavía había alguien dispuesto a escucharla.
Escuchar no siempre cambia los hechos, pero sí cambia la manera en que una persona vive esos momentos. Nos recuerda que seguimos importando, que nuestra voz continúa teniendo un espacio y que todavía hay alguien al otro lado con interés por lo que queremos contar.
Hablar todos los días es suficiente para que una persona no se sienta sola
FALSO.
Las llamadas del día a día suelen empezar igual.
«¿Has desayunado?»
«¿Te has tomado la medicación?»
«¿Necesitas que te compre algo?»
Son preguntas necesarias. Hablan de cuidado. Pero, de vez en cuando, merece la pena añadir otra.
«¿Qué tal has llevado el día?»
No porque vaya a resolver todos los problemas sino porque abre la puerta a una conversación diferente.
A veces no necesitamos hablar más tiempo. Solo hablar de otras cosas.
Muchas personas mayores prefieren callar lo que sienten para no preocupar a su familia
VERDADERO.
Esta es, probablemente, una de las cosas que más nos ha enseñado nuestro trabajo.
Hay personas que soportan un dolor físico con una entereza admirable y otras que esconden una tristeza enorme detrás de un:
«No pasa nada.»
No quieren preocupar. No quieren interrumpir la vida de sus hijos. No quieren sentirse una carga.
Por eso conviene cuando alguien nos dice que todo va bien, no quedarnos solo con la respuesta. Es importante la calma con la que preguntamos y la confianza que transmitimos para que, si un día necesitan hablar, sepan que pueden hacerlo.
Participar en las decisiones del día a día también ayuda a prevenir la soledad
VERDADERO.
A veces pensamos que decidir por una persona mayor es la mejor manera de ayudarla. Lo hacemos con cariño y con la intención de facilitarle las cosas.
Sin embargo, seguir participando en las pequeñas decisiones del día a día también forma parte del bienestar.
Preguntar qué le apetece comer, qué ropa prefiere ponerse, a qué hora le gustaría salir a pasear o cómo le gustaría organizar una visita son gestos sencillos que transmiten un mensaje muy importante:
«Tu opinión sigue contando.»
No se trata de delegar en ella decisiones que no pueda asumir, sino de seguir ofreciéndole la oportunidad de participar siempre que sea posible.
Porque sentirse parte de la vida cotidiana también ayuda a prevenir la soledad.
La compañía cobra sentido cuando conectamos
Con los años hemos aprendido que acompañar no consiste únicamente en estar presentes.
Consiste en conseguir que la otra persona siga sintiendo que forma parte de la vida que la rodea.
Eso ocurre cuando escuchamos con calma, cuando respetamos sus tiempos, cuando contamos con su opinión y cuando seguimos invitándola a participar en las pequeñas decisiones del día a día.
Son gestos sencillos. Tan cotidianos que es fácil pasarlos por alto.
Y, sin embargo, muchas veces es ahí donde nace la verdadera compañía.
La evidencia científica lleva años recordándonos que las relaciones significativas y la participación activa favorecen el bienestar y la calidad de vida. Nosotros tenemos la suerte de comprobarlo cada día.
Porque cuando una persona vuelve a sentirse escuchada, valorada y tenida en cuenta, algo cambia.
La compañía cobra sentido cuando conectamos.
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