Cinco creencias sobre el movimiento que conviene revisar
¿Es mejor que una persona mayor descanse o que siga moviéndose? Descubre cinco mitos sobre el movimiento, la fuerza y el equilibrio para cuidar con más seguridad y confianza.
Hay una escena que se repite en muchas familias.
Una persona mayor sufre una caída, pasa unos días ingresada o simplemente empieza a caminar con más inseguridad. A partir de ese momento, casi sin pensarlo, todos empezamos a hacer pequeños cambios para protegerla. Le acercamos las cosas para que no tenga que levantarse, evitamos que cargue peso o le insistimos en que descanse más.
Es una reacción completamente lógica.
Sin embargo, el cuerpo tiene una particularidad: cuanto menos se utiliza, más capacidades va perdiendo. La fuerza disminuye, el equilibrio se resiente y movimientos que hace unos meses resultaban sencillos empiezan a costar cada vez más.
Hoy sabemos que mantenerse activo, siempre de forma adaptada y respetando las posibilidades de cada persona, es una de las mejores herramientas para conservar la autonomía y la calidad de vida.
En esta segunda entrega de Mitos y verdades del cuidado revisamos cinco creencias muy extendidas sobre el movimiento que merece la pena mirar con otros ojos.
«Con los años es mejor evitar los esfuerzos.»
Es una frase que muchas familias dicen con la mejor intención. Si la persona mayor se cansa o camina más despacio, parece lógico pensar que cuanto menos esfuerzo haga, mejor.
Sin embargo, permanecer demasiado tiempo inactivo suele tener el efecto contrario. Los músculos pierden fuerza, el equilibrio empeora y actividades tan cotidianas como levantarse de una silla, subir un escalón o caminar unos minutos empiezan a resultar más difíciles.
No se trata de exigir más de la cuenta. Se trata de seguir utilizando el cuerpo dentro de las posibilidades de cada persona.
«Caminar todos los días ya es suficiente ejercicio.»
Caminar es uno de los mejores hábitos que podemos mantener y merece la pena conservarlo siempre que sea posible.
Pero el movimiento no termina ahí.
Nuestro cuerpo también necesita mantener la fuerza, la movilidad y el equilibrio. Son capacidades que utilizamos constantemente, aunque apenas reparemos en ellas: al vestirnos, incorporarnos de la cama, coger una bolsa de la compra o subir un bordillo.
Pequeños ejercicios ayudan a conservar esas habilidades y a seguir desenvolviéndose con mayor seguridad en el día a día.
«Después de una caída lo mejor es hacer reposo.»
Una caída no solo puede dejar una lesión.
Con frecuencia también deja miedo.
Y ese miedo hace que muchas personas reduzcan sus paseos, eviten salir solas o dejen de hacer movimientos que antes realizaban con normalidad.
Cuando la situación médica lo permite, recuperar poco a poco la movilidad suele formar parte de la recuperación. Permanecer inmóvil durante demasiado tiempo favorece la pérdida de fuerza y hace más difícil volver a confiar en el propio cuerpo.
«El equilibrio se pierde y ya no hay nada que hacer.»
Durante años hemos pensado que perder el equilibrio era una consecuencia inevitable del envejecimiento.
Hoy sabemos que no es exactamente así.
El equilibrio también puede entrenarse mediante ejercicios sencillos y adaptados. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de mantener capacidades que utilizamos continuamente y que influyen directamente en la seguridad al caminar y en la prevención de caídas.
A veces, una pequeña mejora cambia mucho más de lo que imaginamos.
«A los 80 o 90 años ya no se puede ganar fuerza.»
Es una de las creencias más extendidas.
Y, al mismo tiempo, una de las que más esperanza transmite cuando descubrimos que no siempre es cierta.
La investigación demuestra que las personas mayores también pueden mejorar su fuerza muscular cuando realizan ejercicios personalizados y supervisados.
No hablamos de grandes entrenamientos. Hablamos de conservar la capacidad de levantarse sin ayuda, caminar con mayor estabilidad o seguir realizando actividades cotidianas con mayor facilidad.
En definitiva, hablamos de seguir siendo capaces.
Antes de decidir por ellos…
Cada persona envejece a un ritmo diferente.
Por eso, antes de limitar lo que puede hacer, merece la pena preguntarnos de qué sigue siendo capaz.
A veces la respuesta nos sorprende.
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