Cinco mitos sobre el envejecimiento que conviene revisar
Muchos mitos sobre el envejecimiento siguen formando parte de nuestro día a día. Descubre cinco creencias muy extendidas que conviene revisar para comprender mejor a las personas mayores y cuidar con más tranquilidad.
«Es normal, ya tiene una edad.»
Hay frases que repetimos casi sin pensar. Las hemos escuchado tantas veces que terminan pareciéndonos verdades incuestionables. Quizá por eso, cuando una persona mayor empieza a olvidar un nombre, tropieza al caminar o prefiere quedarse en casa, es fácil atribuirlo simplemente al paso del tiempo.
En Amanecer Cuida de Ti hablamos cada día con familias que llegan cargadas de dudas. Algunas nos preguntan si determinados olvidos son normales. Otras creen que las caídas forman parte del envejecimiento o que, cuando una persona mayor necesita ayuda, lo mejor es decidir por ella para evitarle preocupaciones.
Y es lógico. Durante muchos años hemos asociado envejecer con perder capacidades. Sin embargo, hoy conocemos mucho mejor cómo envejecemos. Sabemos que no todas las personas lo hacen de la misma manera y que muchas situaciones que antes se daban por inevitables pueden prevenirse, tratarse o mejorar.
Precisamente por eso nace esta nueva serie, Mitos y verdades del cuidado. No pretende desmontar creencias por llevar la contraria. Pretende ofrecer información útil para que las familias puedan comprender mejor esta etapa de la vida y cuidar con más serenidad.
Porque cuidar empieza mucho antes de necesitar ayuda. Empieza cuando aprendemos a mirar con otros ojos.
1. «Si una persona mayor parece despistada, seguramente tenga problemas de memoria.»
Es una conclusión bastante habitual. Al fin y al cabo, la memoria suele ser una de las primeras preocupaciones cuando pensamos en el envejecimiento.
Sin embargo, no siempre es ella la responsable.
Muchas veces una conversación se pierde porque no se ha escuchado completa. La pérdida de audición puede hacer que una persona responda algo que no encaja, pida que le repitan las cosas con frecuencia o parezca distraída. Desde fuera es fácil pensar que se trata de un problema de memoria, cuando en realidad la información nunca llegó del todo.
No es un detalle menor. Escuchar peor dificulta la comunicación, obliga a hacer un mayor esfuerzo para seguir una conversación y, poco a poco, puede hacer que algunas personas eviten participar en reuniones familiares o encuentros con amigos.
Antes de pensar que «la memoria está fallando», merece la pena hacerse una pregunta muy sencilla: ¿está oyendo bien? Una revisión auditiva puede despejar muchas dudas y mejorar mucho más de lo que imaginamos el día a día.
2. «Las caídas son inevitables cuando una persona envejece.»
Probablemente sea uno de los mitos más extendidos.
Es cierto que el riesgo de sufrir una caída aumenta con la edad. Pero eso no significa que tengamos que resignarnos a que ocurra.
La mayoría de las caídas no aparecen por una única causa. Influyen muchos pequeños factores que, sumados, aumentan el riesgo: una iluminación insuficiente, una alfombra que se mueve, algunos medicamentos, problemas de visión o una pérdida de fuerza y equilibrio que se va instalando poco a poco.
Y ahí está la parte importante.
Muchos de esos factores pueden prevenirse.
A veces basta con pequeños cambios en casa. Otras, con revisar la medicación, hacer ejercicio adaptado o acudir a una revisión visual. No existe una fórmula mágica, pero sí muchas medidas que ayudan a reducir el riesgo.
Cuando hablamos de prevenir una caída no pensamos solo en evitar una fractura. Pensamos en algo mucho más valioso: conservar la confianza para seguir saliendo a pasear, visitar a los amigos o moverse por casa con seguridad.
3. «Tener mala memoria es una consecuencia inevitable de hacerse mayor.»
Con los años todos notamos pequeños cambios. A veces necesitamos unos segundos más para recordar un nombre o nos levantamos de la mesa y, de repente, olvidamos qué íbamos a buscar a otra habitación. Nos ocurre a todos.
Eso no significa necesariamente que exista un problema de memoria.
Lo importante es fijarse en otra cosa: cómo afectan esos olvidos a la vida diaria. No es lo mismo tardar un poco más en encontrar una palabra que dejar de reconocer un lugar conocido o no recordar una conversación mantenida hace apenas unas horas.
Observar estos cambios con calma suele ser la mejor actitud. Ni pensar que todo es «cosa de la edad», ni alarmarse ante el primer despiste.
Cuando existen dudas, consultar con un profesional permite valorar cada caso de forma individual y, si fuera necesario, actuar cuanto antes.
4. «La soledad puede afectar a la salud física.»
Cuando hablamos de soledad solemos pensar en alguien que vive solo.
La realidad es bastante más compleja.
Hay personas que viven solas y mantienen una vida social activa. Y otras que están rodeadas de familiares, pero hace tiempo que dejaron de sentirse escuchadas o tenidas en cuenta.
La investigación ha demostrado que la soledad mantenida puede afectar a la salud de muchas formas. Se relaciona con un mayor riesgo de deterioro cognitivo, depresión, enfermedades cardiovasculares y un peor bienestar general.
Pero más allá de los estudios, hay algo que vemos con frecuencia en nuestro trabajo.
A veces una conversación sin prisas, una visita inesperada o pedir opinión sobre una decisión cotidiana tienen un efecto mucho mayor del que imaginamos.
Porque sentirse acompañado no depende únicamente de tener gente alrededor. Depende, sobre todo, de seguir sintiéndose parte de la vida.
Sentirse parte de la vida cotidiana es una necesidad que no desaparece con la edad. Y, precisamente, eso nos lleva al último de los mitos.
5. «Seguir tomando pequeñas decisiones ayuda a conservar la autonomía.»
Quizá este sea el mito que más nos invita a reflexionar.
Cuando una persona empieza a necesitar ayuda, es fácil caer en la tentación de hacerlo todo por ella. Lo hacemos por cariño. Para que descanse. Para evitarle esfuerzos.
Sin darnos cuenta, podemos empezar a decidir qué ropa se pone, qué va a comer o cuándo sale a pasear. Y, poco a poco, esas pequeñas decisiones desaparecen de su día a día.
Sin embargo, conservar la autonomía no significa hacerlo todo solo. Significa seguir participando en aquellas decisiones que todavía puede tomar.
Elegir el desayuno. Decidir si hoy apetece salir o quedarse en casa. Opinar sobre una comida familiar. Colaborar en pequeñas tareas.
Son gestos sencillos, casi cotidianos. Pero ayudan a preservar algo muy importante: la sensación de seguir siendo dueño de la propia vida.
Antes de dar algo por hecho…
Quizá el mayor mito sobre el envejecimiento sea pensar que todas las personas mayores viven esta etapa de la misma manera.
No es así.
Cada una llega con una historia diferente, unas capacidades distintas y una forma muy personal de afrontar los cambios que trae el paso del tiempo.
Por eso, antes de atribuir un despiste a la memoria, una caída a la edad o una pérdida de interés a que «es normal», merece la pena detenerse un momento. Observar. Escuchar. Preguntar.
En Amanecer Cuida de Ti hemos aprendido que muchas veces cuidar no empieza con una ayuda física. Empieza con una mirada distinta. Con la disposición a comprender qué le está ocurriendo realmente a la persona que tenemos delante.
Y, cuando eso sucede, las decisiones cambian.
Se cuida con menos miedo, con más criterio y, sobre todo, con más humanidad.
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