Cuando la vista falla, la dignidad no: mayores con discapacidad visual

Cada 4 de enero se celebra el Día Mundial del Braille.
Un día que suele pasar desapercibido, pero que nos invita a mirar —paradójicamente— hacia quienes ven menos y, sin embargo, necesitan ser vistos.

La pérdida de visión es una de las limitaciones más frecuentes en personas mayores.
Llega poco a poco, a veces sin hacer ruido, y transforma la manera de relacionarse con el mundo: leer, orientarse, reconocer caras, moverse con seguridad.

Pero perder visión no significa perder capacidad, criterio ni dignidad.

Más allá del Braille: autonomía y respeto

El sistema Braille no es solo un método de lectura.
Es una herramienta de acceso, de autonomía y de igualdad.

Para muchas personas mayores con discapacidad visual, supone:

  • poder leer sin depender de otros
  • mantener rutinas
  • conservar la sensación de control sobre su propia vida

Y, aun así, en la vejez su uso suele invisibilizarse.
Se da por hecho que “ya no es necesario”, que “ya no merece la pena aprender”, que “es complicado”.

Nada más lejos de la realidad.

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Cuando la dificultad visual se suma al silencio

La pérdida de visión en personas mayores no solo tiene un impacto físico.
También puede provocar:

  • inseguridad
  • retraimiento
  • miedo a molestar
  • dependencia no deseada

Muchas personas dejan de pedir ayuda por no sentirse una carga.
O aceptan apoyos sin ser escuchadas.

Acompañar a una persona mayor con discapacidad visual no es decidir por ella,
sino caminar a su lado, respetando sus tiempos, su forma de hacer y su necesidad de autonomía.

Cuidar también es adaptar

Cuidar bien implica mirar más allá de lo evidente:

  • adaptar espacios
  • ofrecer información accesible
  • acompañar con paciencia
  • respetar la capacidad de decidir

Porque ver menos no significa comprender menos.
Ni sentir menos.
Ni necesitar menos respeto.

Dar voz a las personas mayores con discapacidad visual es también una forma de cuidado.
Y de justicia.

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