A veces, cuidar es aprender a detenerse.
Descubrir que los gestos más pequeños —esperar un paso, abrochar un botón, sostener una mirada— sostienen más de lo que imaginamos.
Este microrrelato está dedicado a quienes han aprendido a cuidar con calma, cuando la vida les cambió el ritmo.
El arte de cuidar despacio
Nunca lo planearon así.
La vida, simplemente, cambió el ritmo un día cualquiera.
Ella, que siempre caminaba rápido, aprendió a medir el tiempo de otra manera:
al compás de un botón que tarda en abrocharse,
de un paso que duda antes de levantarse,
de una frase que necesita silencio para terminarse.
Descubrió que cuidar no era correr detrás de las urgencias, sino quedarse.
Sostener la manga del abrigo, esperar a que el vaso deje de temblar en la mano del otro,
repetir sin prisa una misma historia… aunque ya la supiera.
Hubo días en los que el cansancio pesó más que el cuerpo.
Pero también hubo instantes —pequeños, casi invisibles— en los que entendió algo secreto:
que el cuidado más profundo no hace ruido.
Es un gesto lento,
una mirada que no termina,
un “aquí estoy” que se repite sin palabras.
Porque cuidar no es acelerar la vida,
es aprender a respirarla
a un ritmo sereno que acompasa el pulso de quien cuidamos.
Cuidar despacio no es rendirse a la lentitud,
es elegir estar presente en aquello que importa.
No se trata de llegar antes,
sino de llegar con amor.
Y en ese ritmo nuevo —el del cuidado—
también aprendemos a cuidarnos a nosotros.
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